
Cubriendo un área de unos cinco kilómetro cuadrados alrededor de la plaza de la Catedral, se encuentra la ciudad vieja de La Habana. Un conjunto arquitectónico de un gran valor, con cerca de doscientos edificios perfectamente conservados que datan de los siglos XVI y XVII y otros que ya no son más que ruinas.
La coherencia urbanística, por muchos factores, ha hecho imposible la aparición de los grandes monstruos de cemento y ladrillo, con lo que la zona guarda todo el aroma de la época colonial. Los días en los que La Habana era la ciudad más rica del Caribe y los tesoros saqueados del nuevo mundo esperaban aquí a ser embarcados a las cortes de España.

Mucho ha cambiado desde entonces y tras muchos años, una revolución y un bloqueo después, la vida en la isla ya no se parece en nada a la de antaño. Pero, precisamente, ese cierto aislamiento ha permitido que todos esos monumentos, fortalezas, calles empedradas y enormes casas burguesas, mantengan el mismo aspecto que en aquellos días.
Los estilos de construcción reúnen lo mejor del art déco de los años treinta del siglo pasado, con la opulencia de los arcos, cúpulas y columnas, o el sabor de la cerámica árabe. Por supuesto, todo ello, salpicado del colorido de las raíces caribeñas y africanas que Cuba no intenta ocultar.
Recorrer las calles de la ciudad vieja de La Habana tiene un curioso efecto en los viajeros, casi como si, con cada paso, una vocecita les susurrará que hay más formas de vida posibles, otras distintas a las que están acostumbrados.
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